EL ARTE DE PERDURAR EN LA MEMORIA DE UN SUSPIRO. Por Christopher Amador
EL ARTE DE PERDURAR EN LA MEMORIA DE UN SUSPIRO
La lectura es una práctica y una ética de la libertad, la purificación o purga de la bestia que ha tragado todo a su paso sin ser selectiva. Leer es tomar decisiones y caminos con los pies descalzos; dejar los zapatos a un lado para sentir el vidrio y forjar experiencias significativas desde la sensibilidad de un animal a la intemperie. Quien lee agrega experiencias a la realidad, modifica la narrativa de lo dado con el hallazgo subjetivo de lo naciente. Todo lector es novedad y cambio, crítica y arte de perdurar en la memoria de un suspiro. Hablar de la catarsis del lector es hablar del segundo nacimiento. Después de un buen libro uno se percata de que tiene alas y abandona el miedo de seguir la ruta de sus latidos, se arroja al vacío, deja el nido de prejuicios o paisajes preconcebidos para subirse al carruaje a buscar su corazón o a desnudarlo capa por capa como cebolla a la manera de los apurados listones fáciles del corsé de Madame Bovary. La honestidad de ser un aullido en la noche del tiempo. Cuando salgo de un libro amanezco otro como esos paisajes que en lo inesperado fueron visitados por la nieve engañando no sólo la vista sino el estado de ánimo de quien desde su ventana lanza preguntas al cielo insondable de su problema ontológico. En cuántas páginas no hemos dejado al niño que traíamos cargando, cuántas veces las páginas nos han servido de piel para protegernos del frío de un amor veleidoso. En cuántas cuartillas no desojamos el árbol de nuestros latidos aferrados al sueño de la banca de un parque o el pasillo fresco de la universidad. A mí los libros me comen las uñas, me chupan la sangre; echan raíz larga y honda en mis pensamientos. A causa de un libro corté a una novia en la preparatoria. Yo merecía un amor así, ya no podía aceptarle menos a la vida. La lectura educa pero también condena. Nos enseña a estar solos. Quizás demasiado. Un buen lector termina por perderle la paciencia a los escenarios ausentes de la fiesta invisible de la sensibilidad feroz o la inteligencia. Pobre de aquel hipócrita lector que no busque su cabeza en el bosque de páginas infatigables porque corre el riesgo de pensar que sus labios de veras pueden separar en silabas el mundo. Al igual que en las relaciones afectivas, la madurez del lector está en la relectura. Leer dos veces es reescribir el libro pero en nuestra información genética. Leer es quitar de nuestra vista las palabras que nos estorban y quedarnos con las que nos buscaban, necesitamos o queríamos decir y se nos adelantaron. En pocas palabras es editar al otro para corregirnos nosotros. Pero no corregir algo que está mal, no: corregir la posición de nuestra oreja siguiendo entre pasillos el eco terco de las pezuñas de nuestro minotauro. La palabra es el queso en la ratonera a la hora de leer como quien come por ansiedad sin degustar o enterarse siquiera de qué va el platillo. Leer así nos aturde la conciencia, nos vuelve súbditos, nos engorda y no nos nutre. Es como pagar por un paseo para conocer cierto paisaje en un coche que va a 200 kilómetros por hora.
No sólo escribir, también leer es agregarle algo a la naturaleza; cultivar un jardín en el poro del lunar de una muchacha: la unidad porcentual que somos en el coro de la existencia.
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