EL TRABAJO DE AURELIO. Por Karen Rodríguez*

 


 

 

EL TRABAJO DE AURELIO

 

 

Domingo, 11 de la noche. El comandante de la comisaría de San José se incorporó de su silla para servirse otra taza de café, parecía otra noche tranquila en esa pequeña ciudad. Pasaron pocos segundos cuando de pronto la alarma municipal sonó, había ocurrido una tragedia en la casa del señor Aurelio. 

Cansado, el comandante suspiró resignado, había estado tan cerca de completar su turno sin ninguna incidencia. Trató de calmarse pensando que nada grave ocurría nunca en ese lugar, tomó su abrigo y subió al auto. Mientras conducía pensaba en que los tacos que le había preparado su esposa seguro se enfriarían si no daba trámite rápido a lo ocurrido.

Al entrar a la casa, el comandante no pudo evitar abrir sus ojos estratosféricamente, nunca en sus 20 años dentro de la policía había visto algo similar.

Aurelio estaba tapado con una manta, lloroso, su cara temblaba desfiguradamente y se encontraba sentado en la sala, de frente se encontraban dos policías de la municipal que parecían temerosos de sentarse. El Jefe se acercó a uno de los policías y le susurró con tono perplejo al oído − Aurelio mató a su esposa, le metió 95 puñaladas.  Eso explicaba porque se encontraba todo el lugar manchado de sangre. Lo que aún no estaba claro era el motivo de los hechos. Aurelio, de 45 años, era un señor prudente y tranquilo. Él y su esposa Blanca no tenían hijos, solo se tenían el uno al otro y siempre daban la impresión que era de las parejas más estables de la pequeña ciudad.

Uno de los policías pareció tomar valor ante la presencia del comandante y se acercó al señor Aurelio. –Le vamos a hacer unas preguntas de rutina, Don.

—¿Discutió con su esposa?

Aurelio movió su cabeza en señal de negativa.

—¿Algún motivo que detonara que tuviera tanto coraje a su mujer?, al ver que no respondía el policía continuó. —¡Oh, don!, pues ayúdenos a entender poquito lo ocurrido, a veces pues también mi esposa y mis hijos me alteran pero uno no puede ir por el mundo propiciando puñaladas.

Aurelio pareció salir de su trance y en voz muy baja dijo.—Me sentí muy desesperado porque me escribieron del trabajo.

El policía pareció no comprender bien a que se refería así que volvió a intervenir.

—¿por qué la asesinó con tanto coraje?

Aurelio en tono cansado volvió a repetir. —Me escribieron del trabajo que necesitaban una información muy urgente porque mañana la revisaría el director general.

Anonadados, se voltearon a ver los policías, esta vez Aurelio pareció estallar y comenzó a gritar.

—Todos los días entro a trabajar a las ocho de la mañana, mi día transcurre con reuniones  para mejorar las ventas y no mejora nada; al final solo me quitan tiempo valioso que puedo usar para dedicarme a trabajar, las juntas solo retrasan mis actividades y diario termino saliendo a las 7 u 8 de la noche. Uno esperaría que ya terminó su jornada y cansado me traslado a mi hogar, pero no, ahora con la tecnología quieren que este pegado al celular por si se le ocurre pedir algo de trabajo cualquier día de la semana a cualquier hora, sin respetar los días inhábiles. Y si por algo me rehúso, me dicen que van a contratar a alguien más. Tengo 45 años, dónde más me van a dar trabajo. No me queda más que resignarme a sus necias peticiones. No duermo porque los mensajes en la madrugada son frecuentes. Hoy domingo voy terminando de trabajar, parece que por fin podré descansar un rato y mandan solicitar un archivo de manera inmediata, y mi mujer en vez de comprender, la muy insensible se le ocurre preguntar si podíamos ir a cenar. ¡Si podemos ir a cenar! Cómo se le ocurre si la información la requieren de forma inmediata, entonces hice lo que me pareció más correcto para que me dejara trabajar. Fui a la cocina, tomé un cuchillo y le di la primera puñalada por la espalda, después no pude parar; fue como si por fin estuviera sacando el estrés de meses, cada puñalada llevaba a la otra, ella me miraba expectante preguntándose por qué, pero sé que la infeliz sabía que todo era porque debía dejarme mandar la información que me solicitaban del trabajo.

Los policías tenían miradas sorprendidas, el comandante se tumbó en una de las sillas y comprendió que esa noche no llegaría a casa a cenar. 

 

*Karen Rodríguez: Torreón, Coahuila. Asistente del taller literario "Yo, es otro".

 

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