Iba a empezar a cantar el poeta y el mar se convirtió en barco. Monóculo para observar de cerca el pergamino de Julio César Félix. Por Andrés Cisneros de la Cruz

 

Iba a empezar a cantar el poeta y el mar se convirtió en barco. Monóculo para observar de cerca el pergamino de Julio César Félix.

 

Por Andrés Cisneros de la Cruz

Todavía hay un mar por cruzar para que yo invente mis pulmones, es un poema que se abre en libro. Julio César Félix pone su bocina, su corazón, su caracola versal y emite su pálpito. Por supuesto hay un lector dialéctico al develar la otra cara de la moneda. Es decir, estamos hablando del plano, el diseño del marco cardinal, porque una vez lanzada la moneda, diría Francisco Hernández, la esfera tiene tres caras.

          Todavía hay un mar por cruzar para que yo invente mis pulmones (Colección La poesía es un río fértil. Torreón-Saltillo, 2020) es una lámpara de emergencia, un modo de contar, que no es numérico, que es más bien, numénico. Contar el aura, cantarla. Contar las sombras, decantarlas. Hilar las trenzas en la noche, en su flujo que inunda los pulmones. Y la muerte, es una invitada más en este desfile de máscaras, donde le ha sido impuesta, ungida la máscara del virus más reciente. Y el poeta, ante la maya del conducto, se revela. De algún modo, denuncia a los policías del lenguaje, al identificar su escudo de armas, su máscara de todos los días.

La prisión de afuera se ha vuelto más cara que la prisión de adentro. Imaginamos nos movemos. El poeta canta, recuerda que esta lengua es también un submarino, una nave espacial para desfacer entuertos. Y los peces, en la orilla del río, temblando, rompiéndose. Corrugándose los poemas, los espejos de la realidad, y entre las grietas, siempre la poesía. Fugándose.

Julio César Félix, trabaja con precisión el verso, y soltura a la vez. Se desdobla, naturalmente, en ese no ser sólo otros, sino otras, realidades y espacios que toman forma en el flujo hacia dentro, porque recibir al mundo, es por un instante estar callado y permitir todo nos empape, incluso, hasta ahogarnos.

Porque hay en ese vomitar, también un exorcismo, un escupir las figuras del miedo, que se volverán nuestros dijes de poder. Por eso empieza el libro pidiendo esa paz de los ojos. Pausar la cauda. Y efectivamente, saberla, la vida, en la vida de cada una de sus uvas, de su ovas. Y el desierto, como la imagen que diluye y al mismo tiempo, hilvana, todas las fronteras, porque se vuelven mínimas, insignificantes como un grano de arena.

El mundo en los ojos, ¿como una imagen?, un reflejo, o será el mismo mundo contenido, crepitando, sobre la duela de la balsa. Y cada diminuto ser, emite el ruido de su danza, cómo sentir todos los cantos, cómo llenarse de todos los ríos, sólo volviéndose mar, desierto, sólo distanciándose (ya estamos distanciados) sólo sabiendo guardar la palabra, para al mutarla, trasladarla y desplazarse en el éter del tiempo. La calma, después de todo, sigue ahí, en un cielo despejado y claro. En el terso menear de las palmeras.

“El cielo está construcción acuática”, nos dice el poeta. De tal modo, el desierto, es mar, que es cielo, que es viento, que duna. Aislarnos, para imaginar el todo. Y el todo, imaginándonos en ese polvo. De tan claro, absurdo, ridículo sabernos imbuidos en la máscara de nuestro sueño. No es lejana la imagen del ser como un mundo que naufraga sólo en sí. Como un principito charlando con su rosa sobre un grano de pólvora, acerca de si el beso es una chispa… Nada se mueve hacia ninguna parte, por tanto bien decir es tan banal como mal decir, arguye el poeta, y de pronto ahí, en el tronco de su cigoto, toma aire, le sopla a sus velas, con la clara consciencia de que a donde sea que vaya, sólo podrá llegar a sí mismo.

Afortunadamente escuchaba a Debussy antes de garbar este ruido para festejar que zarpa el poeta. Después Rachmaninov, porque está lloviendo en la esfera, y la espina dorsal del mundo duele, al poeta le duele su estaca cardinal, porque algo la jala hacia ninguna parte, y otra vez al despertar, se encuentra en la misma nave, en su nuevo cuerpo, casi idéntico, al viejo.

Pareciera que hay un callejón con salida y siente cómo el banco de peces lo jala, y canta, canta, y los peces se alejan, al callejón, con una salida lejana, lejana: el poeta es la puerta que queda atrás, y al mismo tiempo, allá delante, donde aparece cual grieta por donde todos miran un haz de luz: es un grito por el que todos los lectores salen convertidos en barquitos de papel en el mar del logos.

 

 Texto publicado en el #8 de la revista YoesOtro

YoesOtro 8

 

*Andrés Cisneros de la Cruz.

Poeta, ensayista y editor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Trabajó en la redacción de los periódicos El Universal y El Independiente. Colaborador de diversas publicaciones periódicas. Editor de la revista y editorial Verso Destierro. Forma parte del consejo editorial de Metáfora, hoja de poesía. Su obra ha sido incluida en más de veinte antologías, entre ellas, Nectáfora, compilación de Fernando Reyes, Ediciones Libera, 2009; Anuario de Poesía 2007, compilado por Julián Herbert, FCE, 2008; Poetas en Construcción/IMC/Conaculta, 2010 y Lorcabaret City (poesía.gráfica.cabaret), Editorial Zócalo, Secretaría de Cultura, 2011. Algunos de sus poemas han sido traducidos al náhuatl.

Autor de Vitrina de últimas cenas (2007), No hay letras para escribir tu epitafio (Mezcalero Brothers, 2008), Como la nieve que dejan los muertos (2009 y segunda edición, 2010), Ópera de la tempestad (Metáfora/VO, 2011), La perra láctea (Inferno Ediciones, 2012) y Fue catástrofe (Rojo Siena, 2013).

Es editor de la revista Blanco Móvil.

 

 Aquí puedes descargar la plaquette Todavía hay un mar por cruzar para que yo invente mis pulmones, de Julio César Félix, y otros libros:

 




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