El Dragón-Gaviota. Por Blanca Mart*

 

 




                                                    El Dragón-Gaviota


 

Vivo en una ciudad cerca del mar, un lugar sobrevolado por gaviotas azules.

Cuentan que hace siglos las gaviotas eran blancas; luego mutaron. Debían ser bellas en aquel entonces, pero a mí me agradan tal y como las he conocido con sus plumas suaves de ese azul-verde claro y transparente, color Caribe-Mediterráneo.

             Mi ciudad está protegida por los dragones; los hay de piedra, de cristal, de titanio, de plata. Protegen los arcos y las entradas de las casas; duermen de día, son los vigilantes y conviven con las gaviotas, que en este tiempo sólo se alimentan de algas.   

       Los dragones, los reales, los que andan por la ciudad “vivitos y coleando”, no se dejan ver y aunque parece que defienden a los humanos, nunca han llegado a confiar en nosotros. Ni nosotros en ellos. En ocasiones algún afortunado ha visto un dragón  y lo explica en la Taberna, cerca del Puerto Viejo, acompañado de sus amigos. La gente lo rodea enseguida. Todos dicen: “Él es que ha visto un dragón. Él es el afortunado. Desde ahora poseerá una gran fuerza, o una gran suerte”.

            En realidad la extraordinaria suerte que tenemos, radica en que los dragones en esta época se alimentan de tierra. Les encanta beber el agua de mar, la sal y sobre todo el postrecillo de un buen fuego. Eso si los atrae; donde hay una buena fogata puede ocurrir que haya un revoloteo, que las llamas se muevan entre  algunas sombras fuertes y agresivas y entonces, todos convienen en que es adecuado retirarse. ¡Vaya, que casi nadie los ha visto! No hay fotografías de ellos, pero si alguien atenta contra una casa o una persona que pasea plácidamente en la noche disfrutando la belleza esculpida y el halo de luna, entonces sí: aparecen como furias salidas del infierno, atacan, matan, alejando al que va a hacer daño a un semejante humano o a un  disemejante”, sea un perro, o  una gaviota. Así son las cosas. O sea que nuestra ciudad es pacífica y tranquila gracias a estos protectores y eso sí, furiosos guardianes.   

            Entre si son o no son, dinosaurios de menudo tamaño, se dice que han mutado de tanto convivir y llevarse muy bien con las gaviotas de las algas, de las que hablaré otro día.  Cuentan que ya se parecen a ellas. Lo de siempre: dichas y consejos. Yo no lo creo.

 

Aquella tarde me fui a dar un paseo cerca del malecón. Bajé por las Ramblas, dejé atrás las atarazanas. Me senté como muchas otras tardes, en uno de los bancos de madera  a ver la puesta de sol, el planear de las gaviotas azules, el mar del atardecer. Coloqué un libro que llevaba a mi lado. De pronto, abstraída en tanta contemplación de poeta ociosa, sentí que no estaba sola en el banco frente al mar.

             Lentamente, muy lentamente, volví la cabeza hacia mi lado izquierdo, donde había depositado un libro. Sobre sus patas azules,  posado orgulloso sobre mi libro, había un dragón. Era pequeño, del tamaño de una paloma grande, su cuerpo blanco cubierto de plumas blancas, el pecho azul y verde casi traslúcido como el de una gaviota, filigrana de colores, las garras de pájaro poderosas, la cresta en la cabeza lobezna,  plateada; la boca entreabierta.

            Le miré fascinada.

         No le hablé pues dicen que no les gusta. Miré al frente suspirando.  Él también. Contemplamos el mar hasta que las gaviotas pasaron sobre nuestras cabezas, mientras  Barcelona se hundía en las sombras. Me sentía tranquila, sosegada. Entonces vi que el dragón tomó entre sus garras el libro y me miró. Sus ojos eran rojos. Le miré. Asentí.

            Con el libro entre sus garras, estirando sus patas poderosas alzó el vuelo. Sus alas de pergamino sonaron suaves, recubiertas de plumas blancas. Olía a brisa, a ciudad marinera, a la Barcelona dorada de mis andanzas.

            Corrí al café, pues lo de la taberna es para los marinos, entré.

“He visto un dragón-gaviota”-dije-. Todos me rodearon: “Ella es la que lo ha visto. Ella es la afortunada”.

 

 

 

 

* Blanca Mart (Blanca Martínez Fernández) es una escritora catalana-mexicana de ciencia ficción que residió durante años en México y aquí publicó la mayor parte de su obra. Actualmente vive en Barcelona. Algunas de sus novelas: La era de los clones, La soledad de la meiga, La Nimiedad, Lluvia sobre el barman, El Manuscrito Florentino, A la sombra del linaje, Els Fills de l'Atza, El espacio aural, El vuelo de la gaviota, Dorian Eternity, A la sombra de Mercurio, Puerto Pirata. Aventuras del Piloto Austral Al Braker y la investigadora en guerras estelares Whissita Lena Reed. Entre sus libros de cuentos se encuentran Cuentos del Archivo Hurus, Puerto Pirata, aventuras del piloto austral Al Braker y la investigadora en guerras estelares Whissita Lena.


Enlace a la página de la antología de ciencia ficción hispano-mexicana:

Antologías de ciencia ficción. 

1818:Origen  

1818: Aventura

Dos Antologías de Ciencia Ficción Hispano-Mexicana, realizadas por Mario Martínez Arrabal, Blanca Mart y Toni Jim.








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